“Pobre gallo bataraz,
nunca te echaré al olvido,
pimento ni maiz molido,
no te ha de faltar jamás
porque soy agradecido,
pobre gallo bataraz.”
Siempre pensé que mi viejo era un típico habitante de Le Horkr, lo era, nació aquí y pensara morirse aquí. Es una persona poca comunicativa, es raro verle emociones detrás de sus ojos celestes.
Desde que tenia conocimiento el tenia una mascota, tan rara, tan lehorkrrense como lo era. Tenia un “gallo yon”, un gallo pequeño y multicolor, por mas que busque en las enciclopedias de la avicultura nunca lo encontré.
Este endemoniado animal, era tan osco como mi padre, salvo que era peleador. Según mi madre cuando se casó, el “gallo yon” venia con él, le calculaba mas de 15 años (yo pensé que los gallos no vivían mas de 5 años) y siempre fue su fiel compañero.
Era el dueño del patio, siempre estaba detrás de uno para ver que hacia y si mi padre estaba cerca se nos enfrentaba con gallardía. Mi perro Bobby huía despavorido cuando se acercaba, mi gata Yany desaparecía cuando venia. Era el terror del patio, no fueron pocas veces que me picoteaba a mi hermano y a mí.
Un buen día de otoño mi padre consiguió de un árbol unas ramas que servirían para hacernos nuestra primer honda, como cualquier lehorkrrense debía matar indiscriminadamente cualquier cosa que vuele por el cielo. Consiguió el elástico en la bicicleteria del pueblo (lugar raro de vender), con un pedazo de cuero y un poco de alambre de fardo armo nuestra primera honda.
Dispuso mi padre sobre un viejo balde viejo de estaño una lata vacía de durazno y viendo que mi hermano no pegaba una, y que yo le tiraba a fantasmas imaginarios, nos quito la honda diciendo: ¡Así se hace!
La mala suerte fue que el molesto “gallo yon” venia con su hidalguía pedante a ver que hacían en su patio sin su conocimiento, asomo la cabeza por detrás del tacho color plata.
El ahogo de mi padre fue tal que pensé que le había hecho un paro cardiaco, la carrera hacia el lugar del infortunio solo duro segundos.
Y ahí estaba el “gallo yon”, con sus alas desplegadas para la lucha, unas de sus patas listo para la pelea, tirado en el pasto y sus ojos en blanco. Fue un certero tiro para el bautismo de fuego para nuestra honda.
Mi viejo después de enterrar a su mascota en el fondo hizo un silencioso luto por varios días, amen de que mucho no habla, como cualquier lehorkrrense.
NOO, que terrible!!!
ResponderEliminarHistorias como estás marcan la infancia para siempre.